SECCION 17 >
INFECCIONES
CAPITULO 175
Abscesos
Un absceso es una acumulación de pus,
generalmente causada por una infección bacteriana.
Cuando las bacterias invaden el tejido sano, la
infección se extiende por toda el área. Algunas células
mueren y se desintegran, dejando espacios en los que se acumulan líquido
y células infectadas. Los glóbulos blancos, los defensores
del organismo contra la infección, se desplazan hacia estos espacios
y después de engullir a las bacterias, mueren. La acumulación
de glóbulos blancos forma el pus, una sustancia cremosa que llena
la zona. A medida que el pus se deposita, el tejido sano es desplazado.
Al final este tejido acaba creciendo alrededor del absceso hasta rodearlo;
el organismo intenta de este modo evitar una mayor extensión
de la infección. Si un absceso se rompe hacia dentro, la infección
puede extenderse tanto por el interior del cuerpo como bajo la superficie
de la piel, dependiendo de dónde se encuentre el absceso.
Una infección bacteriana puede generar un
absceso de varias formas. Por ejemplo, una herida punzante hecha con
una aguja sucia puede hacer llegar bacterias al tejido subcutáneo.
A veces las bacterias pueden diseminarse a partir de una infección
de otra parte del organismo. Así mismo, las bacterias que normalmente
viven en el cuerpo pero no causan daño alguno, ocasionalmente
pueden provocar un absceso. Las posibilidades de que éste se
forme aumentan si hay suciedad o un cuerpo extraño en la zona
infectada, si la zona de invasión bacteriana tiene un bajo aporte
sanguíneo (como sucede en la diabetes) o si el sistema inmunitario
de la persona se encuentra debilitado (como sucede en el SIDA).
Los abscesos pueden aparecer en cualquier parte
del cuerpo, incluyendo los pulmones, la boca, el recto y los músculos.
Son bastante frecuentes en la piel o debajo de ésta, especialmente
en la cara.
Síntomas y diagnóstico
El lugar donde se localiza un absceso y el hecho
de que interfiera o no con el funcionamiento de un órgano o un
nervio determina sus síntomas. Éstos pueden incluir dolor
espontáneo o a la presión, sensibilidad, calor, hinchazón,
enrojecimiento y posiblemente fiebre. Si se forma justo por debajo de
la piel suele aparecer como un bulto visible. Cuando está a punto
de romperse, su parte central adopta un color blanquecino y la piel
que lo recubre se vuelve más delgada. Un absceso formado en lo
más profundo del cuerpo crece considerablemente antes de provocar
síntomas. Al pasar inadvertido, es probable que a partir de éste
se disemine la infección por todo el organismo.
Los médicos pueden reconocer fácilmente
un absceso que se encuentra sobre la piel o debajo de la misma, pero
a menudo cuesta detectar los que están en la profundidad. Cuando
una persona padece este tipo de abscesos, los análisis de sangre
suelen revelar un número anormalmente alto de glóbulos
blancos. Las radiografías, la ecografía, la tomografía
computadorizada (TC) o la resonancia magnética (RM) son pruebas
que pueden determinar su tamaño y posición. Debido a que
los abscesos y los tumores suelen causar los mismos síntomas
y producen imágenes similares, para llegar a un diagnóstico
definitivo suele ser necesaria una muestra de pus o bien la extirpación
del absceso quirúrgicamente para examinarlo al microscopio.
Tratamiento
A menudo un absceso se cura sin tratamiento al romperse
y vaciar su contenido. En ciertos casos, éste desaparece lentamente
sin romperse mientras el organismo elimina la infección y absorbe
los desechos. En ocasiones puede dejar un bulto duro.
Un absceso puede ser perforado y drenado con el
fin de aliviar el dolor y favorecer la curación. Para drenar
un absceso de gran tamaño, el médico debe romper sus paredes
y liberar el pus. Tras el drenaje, si son grandes dejan un amplio espacio
vacío (espacio muerto) que se puede taponar temporalmente con
una gasa. En ciertos casos, es necesario dejar drenajes artificiales
durante un tiempo (generalmente delgados tubos de plástico).
Como los abscesos no reciben sangre, los antibióticos
no suelen ser muy eficaces. Tras el drenaje, se pueden suministrar para
evitar una recurrencia. También se recurre a éstos cuando
un absceso extiende la infección hacia otras partes del organismo.
El análisis en el laboratorio de las bacterias presentes en el
pus ayuda al médico a escoger el más eficaz.
Abscesos abdominales
Los abscesos se pueden formar por debajo del diafragma,
en el interior del abdomen, en la pelvis o detrás de la cavidad
abdominal. También pueden formarse en cualquier órgano
abdominal, como los riñones, el bazo, el páncreas, el
hígado, la próstata o alrededor de los mismos. Por lo
general, los abscesos abdominales se originan a partir de heridas, una
infección o perforación del intestino o una infección
de otro órgano abdominal.
Un absceso debajo del diafragma puede formarse cuando
el líquido infectado proveniente, por ejemplo, de un apéndice
perforado, se desplaza hacia arriba por efecto de la presión
de los órganos abdominales y la succión producida por
el diafragma durante la respiración. Los síntomas pueden
consistir en tos, dolor al respirar y dolor en un hombro, que se produce
debido a que el hombro y el diafragma comparten los mismos nervios y
el cerebro interpreta incorrectamente el origen del dolor.
Los abscesos localizados en la parte media del abdomen
pueden originarse a partir de un apéndice perforado, por la perforación
del intestino grueso o en el contexto de la enfermedad inflamatoria
intestinal o la diverticulosis. El área donde se encuentra el
absceso suele ser dolorosa.
Los abscesos pélvicos se originan a causa
de los mismos trastornos que los provocan en el interior del abdomen
y también a partir de infecciones ginecológicas. Los síntomas
pueden incluir dolor abdominal, diarrea provocada por una irritación
intestinal y una necesidad urgente o frecuente de orinar a causa de
una irritación de la vejiga.
Los abscesos localizados detrás de la cavidad
abdominal (llamados abscesos retroperitoneales) se forman detrás
del peritoneo, una membrana que reviste la cavidad abdominal y sus órganos.
Las causas, que son similares a las que provocan la aparición
de otros abscesos en el abdomen, incluyen la inflamación del
apéndice (apendicitis) y del páncreas (pancreatitis).
El dolor, por lo general localizado en la parte inferior de la espalda,
empeora cuando la persona flexiona la pierna sobre la cadera.
Los abscesos en los riñones pueden estar
causados por determinadas bacterias que provienen de una infección
lejana y que llegan a los riñones a través del flujo sanguíneo,
o bien por una infección de las vías urinarias que llega
a los riñones y luego se extiende hasta el tejido renal. Los
que se forman en la superficie de los riñones (abscesos perinefríticos)
casi siempre están provocados por la rotura de otro absceso dentro
del riñón, que disemina la infección hasta la superficie
y el tejido circundante. Los síntomas incluyen fiebre, escalofríos
y dolor en la parte inferior de la espalda. La micción puede
resultar dolorosa y a veces la orina está teñida de sangre.
Los abscesos en el bazo son causados por una infección
que llega hasta el bazo por el flujo sanguíneo, por una herida
que afecta al bazo o por la diseminación de una infección
desde un absceso próximo, como, por ejemplo, alguno localizado
por debajo del diafragma. Se puede sentir dolor en el lado izquierdo
del abdomen, la espalda o el hombro izquierdo.
Los abscesos en el páncreas se forman típicamente
después de un ataque de pancreatitis aguda. Los síntomas
como fiebre, dolor abdominal, náuseas y vómitos suelen
comenzar una semana o más después de que la persona se
ha recuperado de la pancreatitis.
Los abscesos en el hígado pueden ser causados
por bacterias o por amebas (parásitos unicelulares). Las amebas
de una infección intestinal llegan al hígado a través
de los vasos linfáticos. Las bacterias pueden llegar al hígado
desde una vesícula biliar infectada, una herida penetrante o
contundente, una infección en el abdomen, como un absceso cercano
o a través de una infección de otra parte del cuerpo transportada
por el flujo sanguíneo. Los síntomas son pérdida
del apetito, náuseas y fiebre. El enfermo puede o no tener dolor
abdominal.
Los abscesos de la próstata suelen producirse
debido a una infección de las vías urinarias que acaba
ocasionando una infección de la glándula prostática
(prostatitis). Éstos son más frecuentes entre los varones
de entre 40 y 60 años. Por lo general, en esta situación
se siente dolor al orinar o bien urgencia o dificultad para la micción.
Con menos frecuencia, hay un dolor interno en la base del pene y aparece
pus o sangre en la orina.
Diagnóstico y tratamiento
En casi todos los casos de abscesos abdominales,
el pus debe ser drenado, bien por cirugía o mediante una aguja
insertada a través de la piel. Para guiar la colocación
de la aguja, el médico realiza una tomografía computadorizada
(TC) o una ecografía. Los análisis del pus realizados
en el laboratorio identifican al microorganismo responsable de la infección
y ello permite escoger el antibiótico más eficaz.
Abscesos de la cabeza y el cuello
Los abscesos suelen desarrollarse en la cabeza y
el cuello, particularmente detrás de la garganta y en las glándulas
salivales de las mejillas (glándulas parótidas). También
pueden formarse abscesos en el cerebro.
Los abscesos localizados detrás y a un lado
de la garganta (abscesos faringomaxilares) suelen derivar de infecciones
de garganta, incluyendo las de amígdalas o de adenoides. Los
niños tienen más probabilidades que los adultos de sufrir
este proceso. También puede formarse un absceso dentro de un
ganglio linfático localizado junto a la garganta (absceso parafaríngeo).
Con menos frecuencia, estos abscesos provienen de una infección
cercana, como por ejemplo la existente en un diente o en una glándula
salival.
Además de tener fiebre y dolor de garganta,
la persona se siente enferma. Puede resultar difícil abrir la
boca. La infección puede extenderse, ocasionando hinchazón
del cuello. Si el absceso daña las arterias carótidas
del cuello, puede coagularse la sangre en las mismas o bien ocurrir
una hemorragia masiva.
También puede formarse un absceso en la salida
de una de las glándulas parótidas. Suele estar causado
por una infección que se propaga desde la boca. Esta clase de
absceso se produce típicamente en personas de edad avanzada o
en enfermos crónicos que tienen la boca seca como consecuencia
de una insuficiente ingestión de líquidos, o bien a causa
de ciertos fármacos, como los antihistamínicos. Los síntomas
incluyen dolor y tumefacción en una mejilla, fiebre y escalofríos
que comienzan de forma repentina.
Abscesos musculares
En algunas ocasiones se forman abscesos en los músculos.
Dichos abscesos pueden estar causados por bacterias provenientes de
una infección cercana localizada en un hueso u otro tejido, o
bien que hayan sido transportados por el flujo sanguíneo desde
una parte distante del cuerpo.
La piomiositis es un trastorno en el cual el músculo
se infecta por la acción de bacterias que producen pus y suelen
favorecer la formación de abscesos. La piomiositis es más
frecuente entre los habitantes de los trópicos y suele aparecer
en personas que tienen el sistema inmunitario debilitado. Los músculos
más frecuentemente afectados son los de los muslos, las nalgas,
los antebrazos y los que rodean los hombros. Los síntomas incluyen
dolor con calambres seguidos de tumefacción, algo de fiebre y
un malestar cada vez mayor, especialmente cuando se moviliza el músculo
infectado.
Abscesos de la mano
Los abscesos de la mano son bastante frecuentes
y suelen ser secundarios a una herida. Un absceso en la yema de un dedo
casi siempre es consecuencia de una lesión menor, como la que
se produce al clavarse una astilla o pincharse con una aguja. La persona
siente mucho dolor sobre el absceso, así como calor y enrojecimiento:
generalmente se acompaña de hinchazón de los ganglios
linfáticos del brazo. Si se infecta el hueso que se encuentra
bajo el absceso puede aumentar el dolor.
Los abscesos pueden aparecer alrededor de los tendones
de los dedos. Estos abscesos están causados por una herida que
incide sobre alguno de los pliegues de la parte anterior del dedo. Alrededor
del tendón se forma pus y la infección destruye rápidamente
el tejido. El mecanismo de movimiento del tendón resulta afectado
y, en consecuencia, el dedo apenas puede moverse.
Algunos de los síntomas incluyen inflamación
del dedo, dolor al presionar la vaina del tendón y dolor al intentar
mover el dedo. Es frecuente que los ganglios linfáticos cercanos
al absceso estén hinchados y la persona tenga fiebre.